Reto cinco líneas – Junio 2016


Ya no sé cuantas veces he participado en el reto de las cinco líneas pero esta vez me está costando mucho esfuerzo encontrar las palabras adecuadas y, me conozco, hasta que no lo consiga no voy a parar. Estoy mirando en el interior de mi cabeza pero no encuentro nada, ya he borrado cinco textos. Sólo espero encontrar pronto la manera de colocar en este texto la palabra ‘introducción’ o me voy a volver loco.

La otra noche vimos en casa La vida secreta de Walter Mitty y desde entonces una canción se repite constantemente. El Space Odity de David Bowie. Una canción espectacular que entra dentro de mi top ten de canciones para no olvidar. Mi top ten contiene unas cuantas decenas de canciones y aún no está cerrado. Hay canciones, como esta, que no se pueden dejar escapar. Por eso he seguido dándole vueltas al reto de Adella y, bueno, salen estas letras…

La introducción a la canción era muy suave. Un ligero teclear de sintetizador me trasladó al espacio, a la nada. Sólo desde el interior de la nave pude disfrutar del resto de la canción. La melodía poco a poco fue creciendo hasta el punto de inflarme el pecho y oprimirme el corazón tan fuerte que, inevitablemente, tuve que cantarla para todos los que escuchaban en ese canal… Y las estrellas lucían hoy muy diferentes.

Entonces me he dado cuenta que la escena que merecía contar en este reto no era mía porque ya estaba escrita y la acababa de ver. Formaba parte de la película de la que os hablaba. Una película bonita. De esas que parece no te van a decir nada, (no le puse muchas expectativas), pero sin esperarlo te suben el ánimo.

Tanto la banda sonora como la fotografía son espectaculares y la historia ya os digo… si no la conocéis dadle una oportunidad.

Esta es la escena:

Cuando ya lo daba todo por perdido la imaginé a ella. Con una suave introducción de guitarra y una voz dulce y embriagadora empezó a cantar la canción que tantas veces me animó a conseguir lo imposible. Me paré a escucharla unos segundos hasta que comprendí que no podía detenerme allí y, corriendo lo más rápido que pude, salté al interior del helicóptero que me llevó hasta ella. La aventura del amor.

Off


Lo que echo de menos tener días off.

Este término lo empecé a usar hace unos 15 años en mi primer viaje a Marruecos. La idea era pasar un día en soledad (soledad de conocidos) y dedicarme a cuidarme y a aprender. He estado cuatro veces en ese país que me fascina y esta rutina la he hecho en cada viaje, siempre a la mitad del mismo. Os cuento el día off, como transcurría:

Chefchaouen
Plaza Uta el Hamman (Chefchaouen)

Como en Marruecos la prisa ‘puede matar’ el madrugar era algo subjetivo, dependía de cuando te acostaras así que sin mirar el reloj empezaba el día con un buen desayuno a base de zumo de naranja, café con leche y dulces. Sin prisa y tranquilo.

Siempre he viajado con gente y sabían que ese día yo no existía. Básicamente porque como era el que conocía aquello me tenían de guía y yo necesitaba descansar (y ellos aprender a vivir sin supervisión, difícil tarea para pseudo-adultos). Después de eso me gustaba pasear sin rumbo por la medina de la ciudad en la que me encontrara: Ashilá, Chefchaouen, Fez, Marrakech, etc. La que más me ha gustado siempre es la de Fez aunque por pequeña y acogedora la medina de Chefchaouen es ideal.

Paseando, hablando con los artesanos, tomando té… llegamos a uno de los mejores momentos: pasar por el barbero. Un buen afeitado, tomando té y con buena conversación es algo que se ha perdido en España y es un lujo asequible que deberíamos seguir consumiendo sólo por la tranquilidad del momento. Ahora hay mucho hípster barbudo que paga cantidades desorbitadas por recortarse y acicalarse pero eso es otra cosa.

Barbero
Este soy yo, relajadico y dejándome hacer.

No me había dado cuenta y  ya podría haber pasado hasta el tiempo de comer pero siempre encontraba un sitio donde tomar una buena sopa caliente, exquisitas, y un buen tajin o un couscous de verduras. Lo recuerdo y empiezo a salivar. ¡Qué bien se come en Marruecos!. Y qué buenas charlas con los de allí. Puedes juntar la comida con la cena si encuentras una buena conversación, buen té y unas pipas de kifi. Pero ese día no era para eso. Después de comer y una siesta el paseo continuaba pero esta vez con rumbo fijo al hamman. Un par de horas de vapor y masajes vigorosos te dejaban nuevo. Como flotando. Recuerdo la primera vez que fui a un hamman. Esa experiencia es alucinante. Un lugar muy familiar. Los padres van con sus hijos, amigos, familiares. Van todos. El ambiente es oscuro y tranquilo. Invita al descanso.

2006_Chefchaouen-Hamam
Uno de los Hamman de Chefchaouen

Imaginad cuando salía de allí, relajado, bien limpio, flotando… Directo a por otro zumo de naranja que me diera energía y entonces si, a reunirme con los míos para disfrutar de un buen té y una cena cargada de risas, especias y buena compañía.

¿Entendéis que lo eche de menos?.

Ahora esos raticos son mucho más cortos y suelen ser por la noche en casa, cuando las chicas se acuestan y me quedo solo, en el huerto, sentado en una silla entre los árboles pensando en nada y disfrutando de mi.

Mucho ruido


Hace unas semanas fuimos a Madrid a pasar unos días con las crías y aluciné con lo bien que estuvimos. La cantidad de cosas que se pueden hacer. Moverte es muy fácil con el metro y las crías con los patinetes ni se cansaban. Estuvimos paseando por el centro, el palacio real, el templo de Debod, los jardines de Sabatini, otro día fuimos al zoo en la casa de campo y el último día estuvimos en el parque del Retiro todo el día. Tener un pulmón así en el centro de la ciudad y que la gente lo aproveche y utilice es una gozada. Lo que no pudimos soportar fue el nivel de ruido tan elevado. Cuando estás envuelto en él no lo notas, (bajamos directamente en la estación de metro que sale al parque y nos fuimos por donde vinimos), pero cuando salimos del metro en el barrio donde nos alojamos, un barrio residencial y casi desértico ese fin de semana, nos dimos cuenta que el ruido había desaparecido y el descanso que le dimos a la cabeza fue brutal. ¿Cómo puede vivir la gente bajo ese nivel de ruido?.
Desde que vivimos en la huerta apreciamos más la tranquilidad de las afueras. Que los ruidos que escuchamos en casa sean en su mayoría pájaros, algún burro y perros ladrando nos tienen los oídos acostumbrados al descanso y lo que vivimos en Madrid o cuando vamos al centro de nuestra ciudad ha tomar algo, pasear o a hacer alguna compra… nos hace encerrarnos cada vez más en el campo y esquivamos siempre que podemos las visitas al centro.

Ruido de tenazas
Ruido de estaciones
Ruido de amenazas
Ruido de escorpiones
Tanto, tanto ruido

Ruido de abogados
Ruido compartido
Ruido envenenado
Demasiado ruido

Ruido platos rotos
Ruido años perdidos
Ruido viejas fotos
Ruido empedernido

Ruido de cristales
Ruido de gemidos
Ruidos animales
Contagioso ruido

Ruido mentiroso
Ruido entrometido
Ruido escandaloso
Silencioso ruido

Ruido acomplejado
Ruido introvertido
Ruido del pasado
Descastado ruido

Ruido de conjuros
Ruido malnacido
Ruido tan oscuro
Puro y duro ruido

Ruido qué me has hecho
Ruido yo no he sido
Ruido insatisfecho
Ruido a qué has venido

Ruido como sables
Ruido enloquecido
Ruido intolerable
Ruido incomprendido

Ruido de frenazos

Una caja y un mechero


Llevo varios días intentando averiguar como escribir estas palabras. Todavía me siento turbado después del descubrimiento de este fin de semana. Una caja, de la que conocía su existencia pero desconocía su contenido, ha vuelto a mis manos. Una caja llena de recuerdos. Correo archivado de varios años de cuando el correo se esperaba. Cuando te esmerabas en escribir largo y bien.

Recuerdos

La otra noche estuve releyendo decenas de cartas. Las palabras son lo de menos pues, como adolescente que era, el contenido de las mismas ahora no es importante aunque en ese momento lo fuera. Hay de todo. Cartas de amor, amistades lejanas, malas noticias… Pero lo que de verdad hay es la verdad del pasado. La verdad de un pasado que no supe cuidar y que desatendí tanto que nada queda de el.

Hay un antes y un después. Tres etapas en las que me he trabajado las relaciones personales de forma completamente distintas.
La primera, recién espumado. Con las primeras juergas, las primeras novias, los primeros líos… Momentos muy divertidos, llenos de inseguridades que combatía con tonterías y mentiras. Tonterías que me llevaron lejos y me hicieron olvidar a estos amigos de la primera etapa. En este viaje comenzó la segunda etapa. Juergas, locuras y gente que pasaba y no me molestaba en cuidar porque no me daba tiempo. Iba demasiado rápido. Demasiada gente. Muchas locuras y mucho miedo. Ese miedo me hizo frenar y replantearme muchas cosas. Me aparté y aparté a toda esa gente que iba y venía y que no me aportaba nada. Entre toda esa gente que pasaba hay gente que merecía la pena pero cada vez que me he vuelto a acercar he vuelto a sentir el miedo y la necesidad de correr. El retiro al que me sometí mereció la pena. Cambio de aires y cambio de gentes. Tercera etapa. Ahora si que me esfuerzo por mantener cerca a la gente que veo que merece la pena aunque hayan habido apuestas que no me han salido bien. Eso es lo de menos. Estoy contento porque he conseguido construir un entorno feliz y sano. Amigos que aunque veo poco se que están. Otros que que llegan o encuentro y sigo cuidando. Y otros más que se que vendrán y voy a disfrutar de igual forma.
He conseguido un presente digno de ser pasado pues el pasado perdido me pone triste, por lo perdido o más importante, y alarmante, por el cómo lo he perdido.

Ahora tengo una duda. No se que hacer con esa caja. Pensé en quemarla y cerrar para siempre una etapa a la que no puedo volver (la primera) y otra a la que no quiero ni acercarme (la segunda) o guardarla como testimonio de lo que fui una vez y no quiero volver a ser pero eso tiene un punto masoquista que no me mola nada. Son recuerdos, sólo recuerdos. ¿Es necesario guardarlos físicamente para no perderlos?. La memoria en una caja (y un mechero). Ya veremos.

En el auto de papá


Acabo de leer la entrada que acaba de publicar Juan Bay en su blog (los gases son comprensiblesen el auto de papá), y me ha dado por pensar en cómo hacíamos los viajes antes en coche y como los hacemos ahora.

Antes eran mucho más divertidos que ahora. Podíamos jugar por todo el coche siempre que no pusiéramos muy nervioso a papá y me sentaba como quería, la visibilidad, claro, era mucho mayor pues no tenía que ir amarrado al asiento y si quería sacar la cabeza entre los asientos, pues la sacaba. Mi sitio preferido era ir sentado entre los asientos delanteros, sobre el eje del coche. Jugábamos a contar coches (según colores y modelos), a adivinar el modelo de moto que nos iba a adelantar o que se nos iba a cruzar, buscar los toros de Osborne y las bolas de “El tío de la bota”. El veo-veo… Era muy divertido. Eran viajes de 3 ó 4 horas (lo que se tardaba en llegar a Cuenca desde Murcia por aquel entonces) y hacíamos uno al mes. Recuerdo que cuando llegaba la primavera parábamos entre La Roda y Sisante en los campos de amapolas que surgían entre el trigo y la cebada que ya ganaba altura y tenían un color verde precioso.

Ahora le he comprado a mi hija una pantalla estupenda donde le pongo dibujos. Así hace el viaje tranquila, sin dar el follón y si se cansa de mirar la pantalla, como va amarrada a su silla de seguridad como se fuéramos en una nave espacial y no se puede mover, se duerme como un tronco. El viaje dura una hora y media. (Murcia – La Roda).

No se que hubieran hecho mis padres si hubieran existido estas pantallas del diablo por aquel entonces pero lo que yo si se es que me lo pasaba tan bien que le voy a recortar los dibujos en el coche a la peque. A ver lo que me dura.

Lo que nos gusta sufrir


Flickr_1126Este fin de semana nos vamos Pinita y yo con unos amigos a Santiago de la Espada a hacer un encierro gastronómico de esos que alimentan cuerpo y alma.

Ya tengo la maleta preparada con una buena colección de libros y calzoncillos largos y el maletero del coche está lleno de comida. Vamos a una casa antigua a la que hace unos años le lavaron la cara. No hay televisión y la cobertura de móvil es mínima por lo que los libros y el vino entran solos.

Ayer, en una reunión organizativa, decidimos a qué vamos a dedicar el fin de semana. Tortilla de patatas para cenar esta noche, gazpacho manchego para comer mañana y caldo con pelotas para la cena y un cochinillo al horno para comer el domingo. Escribirlo es fácil y rápido. Otro asunto será prepararlo y digerirlo.

Otro divertimiento serán los paseos en busca de nízcalos (o guíscanos que decimos en Murcia), que si se dan bien, también degustaremos.

Para los ratos de hambre lectora la selección de libros que llevo es la siguiente:

  • Andanzas del impresor Zollinger de Pablo d’Ors. Anagrama. Este lo tengo casi terminado. Lo saqué hace un par de semanas de la biblioteca. Ya os contaré.
  • Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini (Cometas en el cielo). Salamandra. Este último (cometas…) no lo he leído. Vimos la película hace un par de meses y me encantó. Ahora os escribo una reseña de la película.
  • Yo maté a Adolf Hitler de Jason. Astiberri. Esta ‘novela gráfica’ me la regalaron hace unas semanas y lo tenía reservado para este viaje. Fue elegido como uno de los mejores libros de 2007 y ha recibido varios galardones importantes.

Pensaréis que es mucha lectura para un fin de semana, pero es que no se que tiene este sitio que cada vez que voy devoro los libros.

Unos días en el norte. Caótico y algo menos impersonal…


He estado unos días trabajando en Madrid en una de esas ferias rancias a las que tengo que ir de vez en cuando y de ahí el parón en las publicaciones del blog. Han sido unos días de mucho trabajo y poca diversión. He estado con mis amigos del norte que están guapos guapísimos y además tenía muchas ganas de ver. Desde septiembre que andábamos como el perro y el gato y de casualidad coincidimos en Madrid. Perfecto. Estuvimos cenando por Chueca, una copita y al hotel que al día siguiente tenía que madrugar. Además tuve el placer de conocer a dos norteñas muy graciosas. Una, teatrera. Se llama Maite y casi cada día se cuela en nuestras casas, pues también hace algo de publicidad y ahora “la ponen mucho” y otra, una chica de letras atrapada en una chica de ciencias. Laura. Muy bueba gente. Otro punto positivo en mi libreta de puntos positivos. Una envídia de mujer. (Con unos ojos…).

Mientras preparo un par de notas que tengo en la cabeza os dejo un tema de Cibelle. Una zagala brasilera que canta como los ángeles. Bossa-pop. Es la nueva reina. Espero que os guste.

Por cierto. Según la wikipedia con 422.861 habitantes (INE 2007), Murcia ocupa el 7º puesto en la lista de municipios de España por población. Y seguro que hay un montón de gente que no levantó el dedo para que la contaran…