Queridos desconocidos. Cotillas del dos-punto-cero.

El otro día me llegó un aviso en Facebook de una antigua compañera de instituto que me había encontrado y que quería conectarse a mi perfil. Estupendo. Lo vi desde el móvil y claro, acepté la oferta. Como escribir desde el terminal es un poco incómodo no le dije nada. Acepté y punto. Dejé para más tarde esa tarea…

Es cierto, da mucho gusto encontrar a gente de la que hace mucho tiempo no sabes nada. Además, Facebook te da la oportunidad de saber de la gente sin tener que estar en un cara a cara incómodo. Incómodo porque con la mayoría de la gente que conocías y que has perdido el contacto es más que probable que no tengas muchas cosas en común y después de una rápida puesta al día acabas la conversación que el típico A ver si (…); Estas redes sociales, Facebook en mi caso, te permiten tener ese primer encuentro sin la obligación de tener que soltar esa maldita frase: A ver si nos vemos…

El caso es que hace un par de días volví a conectarme a Facebook desde el móvil y me encuentro con que entre varias notificaciones de mensajes, invitaciones a eventos y aplicaciones tontas, unas ocho personas las cuales no conozco de nada quieren ser amigas de esta red social. Alucino. – Pienso que hay que ser cotilla, estar aburrido o llevar una vida triste para querer saber que dice o hace un desconocido en la red (o en la vida real que al final es lo que contamos en estos sitios). Subimos fotos y vídeos, decimos qué vamos a hacer o qué hemos hecho y hablamos de nosotros como si fuéramos importantes diciendo que es lo que nos gusta o no. – Automáticamente les dije a todas que no y cerré la aplicación. Todo esto que os escribo pasó por mi cabeza. ¿Es que estamos locos?. Mira que lo único que hicieron fue enviar esa solicitud de amistad pero me pareció un ataque directo a mis pensamientos y a mis amigos. A mis amigos de verdad que son los que llenan mi pantalla de mensajes, fotos y demás. A nadie más le interesan esas cosas y ¿quién soy yo para enseñar a desconocidos lo que dicen mis amigos y conocidos del mundo real?. Total, que me calenté y escribí en mi Muro:

Que no, que no os conozco y no quiero ser “amigo” vuestro. La gente está tonta, aburrida o qué. ¡Bendita la hora!.

Claro está que ese ¡Bendita la hora! final se refería al hecho de haber añadido a mis amigos a esa amiga de antaño por la cual había tenido esa avalancha de solicitudes cotillas pero ni mucho menos iba dirigida hacia ella mi quejido. Es una lástima. Y digo una lástima porque acabo de entrar de nuevo a mi cuenta de Facebook a ver esos mensajes atrasados. Tenía dos de esta persona. El primero y más antiguo muy efusivamente me saludaba y preguntaba por mi. Empezaba a contestarle cuando me he dado cuenta del segundo que en negrita decía:

He leído tu estado…

Así que antes de contestarle como si no hubiera visto nada le voy a mandar un enlace a esto que he escrito y un recibimiento como debe ser. Con alegría y añoranza. Que los años pasan para todos pero la gente queda. Aunque sea en el ciberespacio.

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