LiteraFA Microfinada

LiteraFA Microfinada
El cartel es de la amiga Pilar. Artista internacional.

La semana pasada volvimos a tener sesión de Litera FA y esta vez me estrené como lector. Todo un reto pues es la primera vez que leía con público y cada vez somo más.

Esta vez nos centramos en la novela de Juan José Millás: El Mundo. Seleccionamos un pasaje y en un ratico agradable procedimos a su lecura. Empezó Juan con una introducción estupenda leyendo un breve relato y tras una breve presentación me lancé a la aventura de leer. Al micrófono primero llegaron mis nervios y luego llegué yo. Que difícil. Me temblaban las manos, las piernas, se me secaba la boca… respiré profundamente, me relajé un poco y empecé a leer (por lo visto a una velocidad de vértigo que poco a poco fui reduciendo). La verdad es que me encantó y estoy deseando que llegue la próxima sesión para repetirlo. Después de mí tomó el relevo el amigo Albert que tiene un don especial para la lectura. Mágico.

Esta lectura la acompañamos con una buena dosis de fármacos, mejor dicho, de prospéctos de fármacos, que sacados de contexto y eludiendo composiciones, son de lo más divertidas. SObre todo una, la que inventó ALfonso y podéis leer en su blog: Sólo para locos.

Os recomiendo a todos que os unáis a estas sesiones literarias. Descubriréis textos y autores que os van a gustar, seguro. Y lo mejor, los que somos, osea, nosotros, y los quintos de antes, y los de después…

Dejo aquí un relato de Juan José con el que Juan Bay acompañó el correo de ununcio de sesión.

Penicilina
La penicilina cura porque se llama penicilina, del mismo modo que el barbitúrico adormece porque se llama barbitúrico. Las palabras tienen sus propiedades. El alcohol no sería inflamable sin la hache intercalada, ni la pólvora estallaría si se escribiera con be (traten de imaginarse un artefacto de pólbora). La pólbora, con be, lo más que puede hacer es estayar; con y griega, y un estayido no es nada, de verdad: menos que un portazo. La demostración de que las propiedades de las medicinas provienen sobre todo de su composición alfabética es que todas ellas, si hemos de creer lo que dice el prospecto, producen indistintamente diarrea y estreñimiento, sueño e insomnio, pérdida de apetito y bulimia… Esa contradicción constante se debe a que sus efectos secundarios dependen en gran medida de cómo se pronuncie.
Una asistenta mía cogió una infección que después de tres meses de tratamiento continuaba tan rebelde como al principio. La acompañé a un médico mío que, tras dos horas de exploración, me invitó a pasar a la consulta:
-¿Cómo quieres que se cure si dice que se está tratando con pelicila en lugar de con penicilina?

-No me había dado cuenta.

-Pues a ver si te fijas

En efecto, durante los días siguientes le enseñé a nombrar correctamente el antibiótico y en cuatro días era otra. Lo malo es que tiene un vicio enorme con la anterior pronunciación y recae cada dos por tres. Pero al menos ya sabemos que lo suyo no es una cosa del médico, sino del logopeda. Vamos progresando.
Mi madre detestaba la aspirina: además de no quitarle el dolor de cabeza, le producía ardor de estómago. Sólo con pronunciar la palabra se le revolvían los jugos gástricos y notaba cierta acidez en la boca del estómago. La llevé a mi médico y le recomendó unas aspirinas francesas microfinadas.
-¿Microfinadas? ¿Y eso qué es?

-Pues que están compuestas por partículas microscópicas que se deshacen al contacto con la saliva.

A partir de ese día, no toma otra cosa, pero lo que le alivia no es el fármaco, sino la palabra microfinada, que es todo un hallazgo semántico. A veces, incluso, si no hay aspirinas en casa y las farmacias están cerradas, me llama por teléfono y lo único que hago es pronunciar muy lentamente el específico.
-As-pi-ri-na mi-cro-fi-na-da, mamá. Mi-cro-fi-na-da.

-Gracias, hijo, parece que ya me encuentro mejor.

Personalmente, hace años que no tomo ansiolíticos, porque me empezaron a afectar mucho sus efectos secundarios: me daban diarrea y estreñimiento, insomnio y somnolencia, o bien pérdida de apetito y bulimia, todo al mismo tiempo. Ahora, simplemente, me digo a mí mismo: Trankimazin, Valium, Transilium y duermo como un príncipe. La cosa es pronunciarlo bien.

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