Si te comes un limón sin hacer muecas

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Este libro de relatos me ha tenido toda la noche despierto.
Lo encontré hace unas semanas en el aeropuerto de Barcelona en un ir y venir de aviones.
Había un montón de cajones llenos de libros. Todos diferentes. Después de un buen rato dando vueltas sin saber cual coger lo vi debajo de un montón de revistas. Alguien lo había tomado y sin mucho cuidado lo había dejado en una sección que no era la suya. Lo cogí y leí el título: Si te comes un limón sin hacer muecas, de Sergi Pàmies. Quien dice que un título condiciona la venta o no de un libro tiene razón. Pues lo agarré con fuerza y lo devoré ese viaje. Rápido. Sin tregua. Ya la primera frase del primer cuento me pareció de vértigo. Me tuve que morir para saber que me querías. Como un corrido mejicano. Que pasa rápido y cala hondo. Veinte relatos que uno tras otro se fueron grabando en mi retina. De lectura rápida, pensé. Una a unas las historias que iba leyendo me hacían ver que ese libro iba a ser diferente y efectivamente. Cuando terminé de leerlo estuve un buen rato pensando en las historias cotidianas y estrafalarias que escribe el autor. Nunca había leído un libro de este tipo. Si. Son cuentos, pero con un realismo desmesurado. No llegué a colocarlo en el están de los libros ya leídos. Lo dejé sobre la mesa. Junto a la cama.

Anoche, cuando me iba a costar me lo volví a encontrar. No pude resistir la tentación. Me dije que iba a releer uno o dos relatos pero sin hacer muecas acabé releyendo todas las historias. Quizá por eso esta mañana he tenido la suerte de levantarme sin sueño.

Igual ahora todos mis deseos se cumplen.

Si te comes un limón sin hacer muecas (Sergi Pàmies)
ISBN: 978-84-339-7147-0
Editorial: Anagrama
Colección: Narrativas hispánicas

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7 comentarios en “Si te comes un limón sin hacer muecas

  1. Si te comes un limón sin hacer muecas es que tu cara es una mueca constante. Ya lo dice el dicho: “Eres más feo que El Fary (descanse en paz) comiendo limones”. Y aunque no tenga nada que ver me ha recordado esto a aquel programa de Pepe Navarro, Esta noche cruzamos el Mississippi, que fugazmente lanzó a la fama a uno de los primeros freakies que recuerdo en este país. Su nombre no me viene a la cabeza, pero sí su canción insignia: “Un limón y medio limón, dos limones y medio limón, tres limones y medio limón, …” Y todos los días me despierto con sueño.

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  2. Juan Antonio Canta obsequió al público asistente a sus múltiples conciertos, tanto en bares de Córdoba (El Cafetín, La Peña Limón…) como en bares de Madrid (Café Libertad 8, Café del Foro…), con su derroche de imaginación y su humor inteligente, conformándose el repertorio del que sería su único disco, “Las Increíbles Aventuras de Juan Antonio Canta” (Virgin, 1996), grabado de forma artesanal en un garaje de Córdoba y presentado en el Teatro Alfil de Madrid a principios de 1996.

    Pepe Navarro decidió, tras verlo en el café donde actuaba, ficharlo para su programa, Esta Noche Cruzamos el Mississippi, en Tele5. Juan Antonio empieza a soñar con las miles de posibilidades que le podría proporcionar este golpe de suerte del destino.

    Sin embargo, precisamente el tema seleccionado para lanzarlo al estrellato (cuál si no iba a ser) es, “La danza de los 40 limones”, una canción para niños en un mundo de hombres, una broma entre amigos que esconde entre sus letras guiños y referencias intelectualoides que la audiencia de este programa era evidente no se iba a molestar en averiguar.

    Todo ello, aderezado con una coreografía absurda de coloristas chicas despampanantes en contraposición con su aspecto misántropo, armado únicamente con su guitarra acústica y con una actitud apática y resignada, le convierte ante los ojos de toda España en un friki redomado más.

    Su canción se convierte en el éxito del verano, en el cual realiza más galas que en toda su carrera; eso sí, siempre acompañado a ser posible por las coristas, a cantar eso de un limón y medio limón.

    “Aunque a mí no me importa porque yo no he compuesto una canción del verano, otros se han encargado de etiquetarla. A mí lo que me preocupa es componer buenas canciones”, decía, pero cada día que pasaba se alejaba más y más de su sueño, ser un respetado cantautor.

    Acabada su gira estival y con la perspectiva de conquistar América, todo a cuenta de los limones, se enfrentaba al gran reto de su carrera profesional, debatiéndose ante la dicotomía de desandar o no el camino del éxito logrado, con un segundo álbum y otra vez desde cero.

    Así, lo invitan a ir a un programa de Canal Sur y por primera vez pone como condición para asistir que no le menten nada sobre la maldita canción, responsable en cierto modo del mundo en que se hallaba sumergido y que en absoluto le satisfacía, pese a que su felicidad pasaba por estar cerca de un escenario.

    “Lo importante no es si ganas o pierdes, lo importante es que no pierdas las ganas”, solía decir.

    Un par de semanas antes de decidir que había perdido las ganas, le escribe una carta a Martirio, a cuyo concierto acude la noche antes. “Pasarán los guitarrazos y el caos y quedará la belleza. Yo, que me paso el día rezando al dios de las canciones con desigual resultado, anoche encontré la sangre del sur en un teatro que parecía un avión e iba tan lejos que me confundí tratando de saber si era la posguerra o el futuro”.

    La carta finaliza pidiéndole a la cantante que “acune las almas perdidas de los que pensaron que había que apostar lo que no se tenía”.

    Juan Antonio Castillo, de profesión cantautor, poeta y escritor de relatos, se quita de en medio voluntariamente el 22 de diciembre de 1996, a sus 30 años de edad, pero su legado permanece para que sea el tiempo y no una soga el que juzgue si es preciso o no el olvido.

    Hoy día se han representado varias de sus obras y es muy apreciado por músicos como Jorge Drexler, Joaquín Sabina o Lichis de La Cabra Mecánica, el cual ha incluido “Copla del viudo del submarino” en “Ni Jaulas, ni Peceras” (DRO, 2003).

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  3. Gracias. Pero el mérito no es mío. Vivimos en una sociedad donde todo queda en la superficie y nadie se molesta en rascar a ver qué cojones hay debajo…

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