La tortura de los aviones

Como os contaba el otro día, la semana pasada estuve en Alemania en viaje de trabajo y tuve que sufrir, otra vez, los abusos a los que nos someten las lineas aéreas. En el viaje de ida, excepto por dos niños muy cansinos que no pararon de romper las bolas en todo el viaje y un señor que leía un periódico alemán gigante y que hacía todo el ruido del mundo a leerlo, fue genial. El problema fue a la vuelta. Mientras hacía el checking le pregunté a la azafata de turno en un inglés que ni del mismo Londres que quería los asientos lo más delante posible y me dijo que tenía los del ala y pensé, bien, así puedo llevar los pies estirados. Ja. Bobo tonto. En el ala, pero justo delante de los que yo pensaba en una fila de asientos nueva y ortopédica que habían puesto que parecía una caja de cerillas. EL culo se nos durmió nada más sentarnos. No podías ni estirar las piernas debajo del asiento, ni ponerte un poco de lado, ni nada. Una tortura de tres horas a lo que le tuvimos que sumar una niña de unos tres años mal educada que no paró de gritar, (si gritar), las tres horas que duró el viaje porque sus papás no la dejaban bajarse del asiento. Tres horas y sin poder movernos. Señoras y señores, cuando de volar se trata, no piensen, comprueben. Por cierto la compañía… Air Berlín. ¡Que los zurzan!.

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